A no bajar los brazos. Por Natalio Steiner


El extremismo islámico ha lanzado contra el mundo occidental una guerra diferente de muy vastas proporciones. Sin importar ahora origen, causa o promotor, Bélgica, Francia, Pakistán, Iraq, Siria, Egipto, Turquía, Tunéz o Israel, aparecen como blancos. Y no serán los últimos.

El mundo occidental cosecha así los frutos de la bestia que ha dejado madurar. Es tal la peligrosidad que ya empieza a hablarse con familiaridad de lo que hasta hace poco era un blanco imaginario o una ficción : la posibilidad concreta de que algún golpe sea dado contra una central nuclear o con algún elemento bactereológico.

La derrota inexorable del Isis en Siria e Iraq, que llevará no mucho tiempo más, no erradicará el problema no solo por la forma plástica, tentacular que el Isis se expande en Afganistán, Nigeria, Egipto y Túnez sino por la propia dinámica de la organización: a mayor retroceso en el campo de batalla más riesgos para los civiles europeos por las células dormidas y el poder de reclutamiento de esta ideología servil y medievalizada.

El Isis quiere destruir Europa y la convivencia social generando con sus bombas una disgregación  que se alimenta de un fallido proceso de integración de muchos musulmanes en el seno de las sociedades europeas.

El cierre de las fronteras a los inmigrantes sirios, afganos, iraquíes o eritreos que huyen de la guerra no es solo una cuestión de deshumanización sino el temor generalizado de que Europa importa un problema demográfico y cultural que no podrá resolver.

La reaparición y fortalecimiento de partidos neonazis en Europa- y con sorprendentes resultados electorales- no es más que lo que el ISIS busca : una radicalización de las democracias para llevarlas a un enfrentamiento político y social que esmerile la convivencia. En Londres esto ya es visible.

El Isis busca destruir los valores occidentales tal como el terrorismo palestino busca destruir el tejido interno de la sociedad israelí y al igual que los talibanes buscan volver a la tribalización en Afganistán y Pakistán.

El hecho que por el momento no se perciba el accionar del Hizbollah es circunstancial y tiene que ver con la absurda legitimación del régimen iraní por parte de las grandes potencias y la ONU. El terrorismo islámico puede estar perdiendo batallas pero gana guerras. Sin una política coordinada que haga frente al mismo en forma preventiva y no atacando las consecuencias no resueltas de las cuestiones de fondo. Ojala se hubiese aprendido algo de los atentados contra la embajada y la AMIA.

Los mensajes cansinos y utópicos del Papa llamando a la paz y la armonía repudiando al terror islamista, con ciertas ambigüedades, de muy poco sirve. El mismo día de Pascuas cristianas que rezaba y pedía, 60 cristianos morían en Pakistán a manos de los talibanes.

Es imprescindible que el mundo tome conciencia de este mal y no busque justificaciones paralizantes frente al mismo tal como se hace cuando Israel se defiende con fiereza frente al terrorismo palestino.

La lucha contra este mal debe ser reformulada en términos absolutos y en forma rápida a tono con la dimensión del crecimiento del mal. Caso contrario Occidente seguirá cavando su propia fosa de la cual ya no podrá salir.

Por Natalio Steiner, co-director de Comunidades
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