Demasiados 18-J. Por Julián Schvindlerman


Dos semanas atrás, titulaba el diario argentino La Nación: “Atentado a la AMIA: hallan ADN sin identificar en restos humanos y sospechan que podría ser del atacante”. Los lectores deben ser disculpados por creer que estamos en 1994, año en que el centro comunitario judío AMIA fue bombardeado. Que la prensa local informe como primicia nueva evidencia tomada de la escena de un crimen perpetrado el siglo pasado es un comentario elocuente del devenir arbitrario de las varias investigaciones nacidas a posteriori de aquél fatídico 18 de julio: sobre la participación iraní, la pista siria y la conexión local. Y también sobre el encubrimiento de la causa AMIA, el infame Memorando de Entendimiento entre la Argentina de Cristina Kirchner e Irán, la denuncia de complicidad argentino-iraní del fiscal Alberto Nisman, y luego la muerte aún no esclarecida del propio fiscal. En una suerte de proceso Mamushka invertido, dónde cada muñeca rusa produce una aún más grande todavía, de las ruinas de la AMIA afloraron nuevas causas, pistas misteriosas, investigaciones de poco rigor, desenlaces atroces y revelaciones sorprendentes.

A diferencia de otros países que padecieron atentados terroristas tras los cuales rápidamente fueron identificados los autores intelectuales y materiales del caso, la Argentina de los últimos 23 años fue un testigo lastimoso de múltiples errores, ardides, desprolijidades e incluso de situaciones escabrosas. Este desorden culminó en lo insólito cuando los terroristas fueron convocados por el país-víctima a sumarse a la investigación, cuando la presidenta de la república fue denunciada por traición a la patria por el fiscal principal de la causa, y cuando éste fue hallado muerto de un tiro en la sien pocas horas antes de una audiencia de alto-voltaje en el Congreso de la Nación.

No obstante, a pesar de tanto caos político, judicial y policial, gracias a Alberto Nisman sabemos lo esencial. Sabemos que fue el régimen ayatolá quién planeó esta atrocidad. Sabemos que fue el movimiento integrista Hezbolá quien la ejecutó. Sabemos que la presidenta Cristina Kirchner y el canciller Héctor Timerman, junto a otros secuaces del gobierno y figurines extraoficiales, buscaron exculpar a los asesinos con el fin espurio de poder comerciar con ellos y aliarse políticamente a ellos. Lo cual requería aplastar a la justicia y la verdad, así es que lo intentaron. Las cosas no salieron exactamente como los conspiradores hubieran deseado; la verdad primó. Pero tampoco hubo justicia para las víctimas todavía. Cierto, circulares rojas de INTERPOL penden sobre las cabezas de importantes autoridades de la República Islámica de Irán. Pero las chances de que el peso de la ley caiga sobre ellas son remotas.

Hoy, los judíos de la Argentina, con el respaldo de buena parte de la sociedad, nos reuniremos una vez más frente al edificio reconstruido de la AMIA. Como cada 18 de julio por los últimos 23 años, honraremos la memoria de las víctimas y pediremos justicia. Casi un cuarto de siglo después del más grande atentado islamista en América Latina, las expectativas son bajas. Pero nuestra determinación permanece alta.

Fuente: The Times of Israel
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