El alejamiento de la diáspora norteamericana


Por Daniel Liberman

La colectividad judía de los Estados Unidos de Norteamérica ha sido desde hace más de
un siglo la más importante e influyente en el mundo. Esta característica se acentuó
después de la Shoá, con la desaparición de la mayoría de las comunidades judías de
Europa durante la Segunda Guerra Mundial.
Con el surgimiento del Estado de Israel, este liderazgo no mermó en lo que a judaísmo
diaspórico se refiere, sino que se convirtió en el soporte político principal con que el
estado hebreo cuenta hasta la actualidad.
Ha sido solo recientemente que la población judía del Estado de Israel superó a la
presencia judía en los Estados Unidos y esto incluyendo al medio millón o más de
israelíes que viven en el país del norte, con toda la carga simbólica que esto representa.
La diáspora norteamericana ha sido siempre esencial desde que comenzó a forjarse el
estado judío y el sionismo sirvió por mucho tiempo en occidente como catalizador y
como un elemento muy poderoso de unión dentro del abanico de ideologías y
denominaciones religiosas en las que el judaísmo ha sido siempre tan prolífico.
Pero este alineamiento que ha sido más o menos constante desde 1948 en adelante, ya
ha comenzado a mostrar fisuras que siempre se mantuvieron latentes, pero que solo
recientemente se han abierto al público en general de manera preocupante. No me
refiero en esta ocasión a los sectores que siempre se mantuvieron al margen de cualquier
identificación con el sionismo dentro de ciertos grupos judíos organizados, ya fueran de
izquierda como el comunismo o las instituciones idishistas ni a las de centro como los
reformistas que no apoyaron esta ideología antes de la independencia y por supuesto,
tampoco a las de la ultraderecha religiosa que, hasta el día de hoy, se niegan a reconocer
la independencia de un estado judío laico.
Las fisuras a las que me refiero, que se divisan cada vez con más notoriedad, recorren
un amplio espectro de lo que comúnmente se denomina “corriente central” o
“mainstream” en inglés y que representa al judío medio, a los amplios sectores, más o
menos moderados de la colectividad judía que constituyen su mayoría. Son los sectores
que pueden identificarse con el judaísmo conservador, reformista y buena parte de la
ortodoxia moderna, vistos desde un punto de vista religioso, sin dejar de incluir a otros
sectores numéricamente menos relevantes como los reconstruccionistas, los integrantes
de javurot, los que no se afilian a ninguna corriente pero no por ello dejan de participar
de la vida judía en comunidad, y a muchos más con distintos grados de participación y
alternancia institucional.
Una parte importante de este conjunto social, sobre todos entre los más jóvenes, están
encontrando cada día más difícil seguir identificándose plenamente con el Estado de
Israel.
Los motivos son varios e incluyen, pero no están limitados al conflicto palestino, la
ortodoxia estatal en temas religiosos, el no reconocimiento de las conversiones
conservadoras o reformistas, el derecho de la mujer a ejercer el rabinato, los derechos
civiles en general y la intromisión de la religión en la vida cotidiana como en el tema de
la prohibición del transporte en Shabat.
También existe un gran desconocimiento sobre el alcance de los derechos humanos en
Israel y no pocas veces, los jóvenes judíos norteamericanos “repiten” lo que escuchan
en los medios que suelen ser opiniones desfavorables hacia el Estado de Israel, cuando
no directamente acusaciones abiertas de racismo o discriminación.
Lo cierto es que, a pesar de que existen muchas oportunidades para que estos jóvenes
viajen y pasen un tiempo en Israel, incluso con becas que pueden cubrir parte de sus
gastos, la mayoría conoce poco del país o ni siquiera ha estado una vez en el mismo.
Las generaciones de mediana edad no tienen tampoco un conocimiento muy profundo
de la realidad israelí y muchas veces se dejan también envolver en su forma de pensar
por la opinión pública y las modas del momento cuyo apoyo a la causa palestina tiene
sin dudas mucho que ver con el hecho de que el otro contendiente es un estado
identificado con el pueblo judío.
La razón de este apoyo mundial por el “contendiente más débil” pueden ser muchas,
pero el hecho de que el estado judío se haya convertido en una potencia militar dentro
de Medio Oriente, es sin dudas una razón que no le ha generado muchas simpatías entre
algunos sectores, que ya de por sí, han sido históricamente poco amigables dentro del
mundo gentil.
Políticamente hablando, en los EE.UU. los judíos han votado tradicionalmente por los
demócratas, pero esta tendencia se ha ido modificando durante los últimos años,
reflejando las crecientes diferencias de intereses entre la plataforma de ese partido y los
gobiernos de derecha que han predominado últimamente en Israel.
Sin embargo, una amplia mayoría judía, sobre todo dentro de los sectores no ortodoxos,
continúa votando demócrata, influenciados más quizás por la política local que por la
agenda internacional. Esto no ha cambiado con la llegada de Donald Trump al poder, ni
siquiera siendo este el primer presidente de la historia de los Estados Unidos que tiene
nietos judíos.
El ideario demócrata está muy impregnado en la conciencia del votante judío medio en
los EE.UU. y ellos no están dispuestos a ponerlo en duda, ni siquiera cuando entra en
contradicción con los intereses de Israel como nación. La fórmula que adoptan muchos
para internalizar esta incongruencia es estableciendo una separación entre el gobierno y
el estado de Israel, a pesar del poco margen de maniobra política que algunas veces
puede tener el estado hebreo.
No es ningún secreto que entre los principales sostenedores de la candidatura de Barak
Obama a su primera presidencia se destacaron los judíos del partido demócrata y a
quienes el propio presidente afroamericano reconociera públicamente su agradecimiento
y su inestimable apoyo, sin el cual, difícilmente hubiera logrado llegar a la Casa Blanca.
A pesar de la franqueza expresada en su reconocimiento, la agenda internacional del
Presidente Obama no perdió oportunidad de erosionar, con mayor o menor sutileza, la
posición de Israel en el mundo. Buscó reflotar, cada vez que pudo, los acuerdos de Oslo
entre israelíes y palestinos, comprometiendo solamente a Israel a detener la
construcción en los asentamientos de Cisjordania, pero sin exigir nada sustancial a la
Autoridad Palestina para acercar a ambas partes a la mesa de negociaciones. Su visita a
Egipto catapultó una primavera árabe con revueltas en varios países de mayoría
musulmana y permitió que un gobierno ligado a Los Hermanos Musulmanes irrumpiera
por un tiempo en el poder en Egipto y pusiera en peligro el acuerdo de paz de Camp
David. Cuando decidió que las tropas norteamericanas abandonaran definitivamente
Irak, permitió que se formara un vacío de poder que eventualmente fue llenado por el
Estado Islámico, el cual extendió su frontera sobre Siria y desencadenó la guerra civil
que todavía desangra a ese país. Por último, siempre trató de mostrar a Estados Unidos
como el único aliado para con un Israel cercado por un mundo con poca paciencia hacia
el estado judío. Esto se vio reflejado en parte, durante todo el episodio de la flota
humanitaria” del Mavi Mármara que pretendía acabar con el supuesto bloqueo de Gaza.
También se vio reflejado en la venta de aviones F-35 a un precio inflado que Israel no
pudo dejar de adquirir a pesar del limitado incremento de ayuda militar que su
administración permitió otorgar al estado hebreo. El pacto con Irán que pretendió evitar
que este país desarrolle militarmente su ya adquirida capacidad nuclear, no logró
disuadir a los ayatolas de continuar con su programa balístico intercontinental y solo
pospuso por un tiempo cualquier avance en el armado de cabezas nucleares. La no
intervención en el Consejo de Seguridad cuando se votó condenar los asentamientos
judíos de Cisjordania fue solamente la frutilla del postre, su regalo de despedida.
La pregunta que cualquier amigo de Israel puede hacerse, con justa razón, sobre este
modo de proceder es: ¿Cómo fue posible que nadie de su entorno judío demócrata haya
hecho nada para disuadirlo de seguir con esa agenda internacional tan peligrosa?
Las respuestas pueden ser variadas pero todas giran siempre entorno a la creencia de
que Estados Unidos en general y su comunidad judía en particular, tienen el “derecho” y
la obligación moral de tratar de modificar la política actual que el Partido Likud lleva
adelante en Israel para tratar de que se adapte al ethos libertario norteamericano. Es
decir, a los conceptos de “democracia”, “libertad” e “igualdad” según son entendidos en
los Estados Unidos. Pero estos conceptos tan profundamente arraigados y que son
también ampliamente compartidos por la población judía israelí, no se adaptan tan
fácilmente a la realidad geopolítica del medio oriente.
Israel es una isla de democracia rodeada por un mar de autoritarismo donde imperan
países con gobiernos despóticos o monárquicos. Israel es un pequeño país con mayoría
de población judía en una región llena de países con poblaciones de abrumadora
mayoría musulmana. Pero de algún modo, todo judío sueña con que Israel se parezca a
la Jerusalén de sus sueños y el sueño de muchos judíos americanos es ver a todos los
habitantes de la tierra de Israel votando en forma igualitaria y siendo iguales ante la ley.
Claro que, la mitad de la población que vive entre el Río Jordán y el Mediterráneo es
árabe y pueden quizás tener un sueño distinto y también pueden desear hacer realidad su
propio sueño. Y es bastante posible que, en ese sueño, los judíos no tengan un lugar
propio ni un estado independiente.
Mientras en gran parte del medio oriente todavía se persiguen a las minorías religiosas,
se discrimina a la mujer y no hay garantías individuales para las personas, el mundo
occidental le exige a Israel mantener unos estándares democráticos que nadie más que el
estado hebreo ha tenido siquiera la aspiración de mantener consistentemente en toda la
convulsionada región. Esta exigencia suele ser ampliamente endosada por los judíos,
tanto dentro como fuera de Israel, muchas veces sin medir los riesgos que esto pudiera
generar en la seguridad o la integridad de la población del estado hebreo.
La enajenación de sentimientos que produce Israel, muchas veces, cuando se ve forzada
a entrar en guerra, no solamente produce un deterioro a su imagen externa sino también
interna, aunque no tanto entre los judíos que viven en Israel como en los del exterior.
Quizás con el aumento de la asimilación y la desintegración de la vida comunitaria judía
en la diáspora, esto se convierta en un factor más de alejamiento para algunos que, ya de
por sí, mantienen un bajo nivel de contacto con sus raíces de origen.
Así como el sionismo supo ser durante el siglo XX un catalizador y un aglutinante para
muchas comunidades judías de la diáspora, el alejamiento del mismo que vemos en el
presente puede llegar a producir el efecto opuesto.
Paradójicamente, este fenómeno ocurre mientras las campañas de apoyo a la causa
palestina adquieren mayor fuerza en el mundo y sobre todo en los campus
universitarios. La narrativa de “la ocupación sionista” se ha viralizado en el ambiente
universitario europeo afectando y extendiéndose a la opinión pública internacional. Esta
propaganda no ha mermado durante todo el tiempo que ya lleva la guerra civil en Siria y
que ha demostrado sobradamente que el conflicto palestino-israelí no es el más
importante de la región.
La llegada del Presidente Trump al poder tampoco ha disminuido esta militancia sino
que, por el contrario, ha vuelo aún más marcada la polarización en su contra y en contra
de su apoyo a Israel. Y es en medio de estas poderosas influencias ideológicas, que está
creciendo una nueva generación de judíos norteamericanos, con bastantes interrogantes
hacia su propia identidad, su pertenencia y su lugar en el mundo.
Mientras los judíos de Francia encuentran en la aliá, cada vez más a menudo, la
respuesta más coherente a sus frustraciones en el exilio, los norteamericanos no han
dejado de pensar en su país como en la “goldene medine”, la todopoderosa nación que
provee todas las respuestas tanto material como espiritualmente.
Proyectándonos hacia la próxima generación, no es sencillo predecir, cuanto de la
realidad actual redundará en mayor asimilación, enajenación identitaria y hostilidad
hacia el Estado de Israel. Quizás la saña contra lo propio que no es más tan propio, se
convierta en un nuevo elemento de militancia judía, como a menudo ya puede
encontrarse en varios artículos del New York Times, o quizás la asimilación de la
mayor parte de la población judía norteamericana simplemente lleve hacia una paulatina
pero no tan angustiante indiferencia hacia el sionismo y todo lo referido a Israel. No
podemos saberlo; lo que sí podemos anticipar es que, sea cual sea el rumbo que nos
depare el futuro, siempre quedará un reservorio de judíos en Norteamérica que
reclamará con celo su herencia cultural y que más allá de su posicionamiento religioso,
nunca dejará de sostener los principios de unidad del pueblo judío ni el imperativo de su
trascendencia histórica.
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