El atronador silencio de la mayoría


POR RODRIGO CARRIZO COUTO

Comencé a escribir estas líneas al día siguiente que un “lobo solitario” tunecino hubiera causado una masacre en Niza. Poco más tarde, mientras daba forma al texto, un joven afgano atacaba con un hacha a los pasajeros de un tren en Alemania. El día que terminaba de editar, un joven iraní acabó con la vida de nueve personas en un centro comercial de Múnich y, al día siguiente un refugiado sirio atacó con un machete a tres personas, matando a una mujer. No hace falta ser adivino para suponer que antes que este artículo se publique veremos otro ataque terrorista en suelo europeo. La pregunta inevitable parece ser: ¿esta enésima agresión contra Occidente, sus valores y su estilo de vida han cambiado algo en nuestro cotidiano?

La respuesta es que parece que no. O mejor dicho, aún no. Los restaurantes están abiertos y los turistas se apresuran en llegar a los aeropuertos para comenzar sus vacaciones. Si no supiéramos lo que está pasando, podríamos creer que el verano europeo es idílico. Como si Europa comenzara a acostumbrarse a ser un campo de batalla. El escenario de un combate no declarado entre nuestras repúblicas laicas regidas por el respeto a los Derechos Humanos, o una igualdad de sexos a la que (al menos) se aspira, y grupos cada vez mayores de fanáticos motivados por un explosivo (nunca mejor dicho) coctel de creencias religiosas e hipotéticas injusticias más o menos históricas o reales. Gente que intenta exportar (con bastante éxito, todo hay que decirlo) los conflictos de Medio Oriente y sus milenarias luchas fratricidas a nuestras ciudades.

Ahora comencemos con las verdades incómodas, nombrando al elefante en el salón.

Por mucho que la clase política y los medios de comunicación se esfuercen en disimular este hecho, en la absoluta mayoría de casos estos ataques terroristas (ya sea de “lobos solitarios” o células organizadas) son perpetrados por personas que se reclaman del islam. Y es aquí donde comienzan las argumentaciones surrealistas: los periodistas que se improvisan teólogos, los políticos que se creen especialistas en la exégesis de los textos sagrados musulmanes, y una (gran) parte de la opinión pública que se apresura a exonerar de toda responsabilidad a la religión de Mahoma. Pero lo cierto es que estas sesudas y bien intencionadas digresiones teológicas poco van a afectar al joven aspirante a terrorista dispuesto a inmolarse por unas creencias que para él son verdad revelada.

Y aquí llegamos al segundo argumento incómodo.

Un razonamiento recurrente entre los amantes del multiculturalismo suele ser el siguiente: “la mayoría de musulmanes solo quieren vivir en paz”. Cierto. Aunque, personalmente, hay algo que me preocupa más que los “lobos solitarios” (que nunca están tan solos) o las células de ISIS, Al Qaeda o la franquicia islámica de moda esta semana. Lo que me preocupa es el atronador silencio de esa mayoría pacífica. Ese silencio que podría ser interpretado como una aprobación tácita a una retribución “justa” por exacciones (reales o imaginarias) perpetradas contra esa mítica “umma”, o nación del islam. Desde Gaza a Bagdad, o desde Afganistán a Damasco pasando por Libia.

Y es que lo peor de la “guerra” que estamos presenciando es tener que asumir que muchos de quienes martirizan nuestras ciudades han nacido y se han criado aquí. Se han educado en las escuelas de la República y han gozado de libertades y privilegios inimaginables en los países de origen de sus padres. Son inmigrantes de segunda o tercera generación, a los que se suman cada vez más recién llegados provenientes de las zonas de conflicto en Siria, Irak, Afganistán o Yemen. E incluso muchos otros que aprovechan el actual caos migratorio y la política de puertas abiertas promovida por la canciller alemana Ángela Merkel para introducirse en Europa haciéndose pasar por refugiados. Y ya sé que al mencionar este hecho seguramente deberé presentarme para ser crucificado en la comisaría más próxima.

Pero lo cierto es que sólo desde un ingenuo voluntarismo (o desde un cinismo calculado) alguien puede afirmar sin sonrojarse que la integración de la inmigración musulmana en Europa ha sido exitosa. Basta con echar una mirada a los suburbios de Manchester o Marsella, de Rotterdam o Barcelona, de Bruselas o Malmö para darse cuenta que nos enfrentamos a un problema mayor que ha sido negado sistemáticamente a lo largo de décadas por la clase política. Un problema que surge cuando un colectivo pone las leyes religiosas y las tradiciones tribales por encima de las leyes de la República. Y nuestros Gobiernos lo tendrán realmente difícil para reaccionar ante un enemigo que tiene pasaporte de la UE y vive en los suburbios de nuestras ciudades, protegido en el seno de una comunidad que mantiene el silencio cómplice que mencionamos al comienzo.

¿Dónde están esas masas enfervorecidas que salen a la calle para manifestarse por una caricatura de Mahoma? ¿Dónde están los musulmanes reclamando ante embajadas tras los atentados de Madrid, Londres, o la masacre del Bataclan, al igual que reclaman por un chiste de Charlie Hebdo? Y es que me atrevo a pensar que nuestra tolerancia con comportamientos que no deberían ser tolerados nos está pasando una factura muy onerosa.

Me atrevo también a pensar que pareciera que los europeos ponemos el listón de la pertenencia muy bajo si nos conformamos con que no nos pongan bombas en los trenes, o tengan la gentileza de no masacrarnos en cafés, escuelas o salas de concierto. Pues no basta conformarse con que no nos maten. Creo que cabe esperar un compromiso mucho mayor de los recién llegados con los valores y principios de la sociedad de acogida. La pertenencia no puede ser condicionada desde el exterior a la tolerancia con “burkas”, a la aceptación de tribunales basados en la “sharia”, a los comedores escolares “halal”, a las piscinas segregadas, a la policía de la moral, o la apertura de (aún) más mezquitas financiadas por el wahabismo y el salafismo. Europa vive inmersa en un permanente chantaje que consiste en darnos a entender que si no se accede a sus demandas y se hacen concesiones constantes, “habrá que atenerse a las consecuencias”. Y es aquí donde el actual modelo falla de manera estrepitosa.

Llegamos ya al último argumento incómodo. Pido al lector un poco más de paciencia.

Cabe pensar que la responsabilidad última de la situación en la que se encuentran nuestras sociedades no corresponda a las comunidades incapaces de integrarse exitosamente en el tejido social y cultural europeo. Los verdaderos responsables habría que buscarlos en una clase política autóctona que a lo largo de décadas toleró la formación y crecimiento de sociedades paralelas en su seno. ¿Las razones de esta ceguera voluntaria? Hay muchas, y dada la extensión de un artículo de opinión, no podremos hacer una tesis. Aunque me atrevo a mencionar desde nociones de “culpa colonial” hasta resabios de un marxismo cultural fruto de Mayo del 68, pasando por la falta de liderazgo, o el cálculo interesado que provocó que ciertos partidos políticos vieran en esta masa de desheredados al nuevo aliado natural que haría posible su soñado “asalto a los cielos”. “A falta de proletarios, buenos son talibanes…, mientras nos voten”, parece ser la lógica de algunos.

Hoy vemos una opinión pública europea más polarizada que nunca. Mientras que el bando partidario del multiculturalismo parece ir perdiendo cada día más fuelle, los europeos que piden el cierre de fronteras, rechazan de plano la acogida de refugiados, simpatizan con la derecha nacionalista, o se muestran dispuestos a votar por partidos abiertamente “islamófobos” es cada vez mayor. Y es que el verdadero riesgo reside en que si los líderes políticos “tradicionales” no son capaces de tomar medidas eficaces veremos la emergencia de partidos cada vez más radicales. La culpa no es del que pide, sino del que concede. Es por ello que debería ser prioritario para todos aquellos que quieren seguir viviendo en una Europa plural y abierta escuchar las legítimas inquietudes de esos europeos que no se sienten representados por la lejana y burocrática Bruselas, o por una Angela Merkel aparentemente sorda a los deseos de los alemanes.

Es muy posible que en Europa haya llegado la hora de poner límites. Y si los políticos “clásicos” no son capaces de reaccionar a tiempo, el futuro nos traerá amargas sorpresas, de las que el “Brexit” no habrá sido más que un preludio.

Ginebra, Suiza

Rodrigo Carrizo Couto. Radica en Suiza y escribe para el diario El País y la SRG SSR Swiss Broadcasting. Ha colaborado regularmente con los diarios Clarín, La Nación de Buenos Aires y la revista suiza L’Hebdo, entre otros medios.
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