La encrucijada del enigma Nisman


La investigación por su muerte define si éste es un país capaz de responderse sus preguntas cruciales.

Esa causa arrinconada en los paneles de un juzgado federal define nada menos si ésta es una nación capaz de responderse sus grandes preguntas o si se trata de un país que apenas fabrica interrogantes sobre sus cuestiones centrales sin poder responderlos jamás.

Es inverosímil que mil días después no sepamos si Nisman se suicidó o lo mataron. Y la grieta se hace allí mucho más profunda: el kirchnerismo va por el suicidio de un modo autómata y marcial.

El ex espía Stiuso, empoderado como nunca en su larga carrera en la SIDE kirchnerista, dijo que a Nisman lo mataron por su trabajo. Para que no investigara a la ex Presidenta.

Puede decirlo por despecho, claro, tras ser echado por los jefes a los que sirvió. Pero las principales espadas kirchneristas se movieron desde el minuto cero como para darle la razón.

Cristina dijo aquello de no tengo pruebas pero tampoco tengo dudas acerca de que se trató de un crimen, pero no fue más que otra cara del relato. Su gobierno no movió un dedo de más para colaborar con la investigación de esa muerte oscura.

¿Fue, para ellos, una especie de revancha simbólica y macabra? ¿Una imposibilidad de ponerse a la altura institucional para lamentar la muerte de un fiscal de la Nación porque ese funcionario había acusado al Gobierno?

En las últimas semanas, Cristina pareció cargar las tintas sobre Lagomarsino argumentando que el presunto técnico informático es un furioso anti K, pero en los hechos el kirchnerismo entero se movió ante Nisman calcando los movimientos de Lagomarsino: cuando éste bregaba para que la causa quedara en la justicia ordinaria y no fuera investigada por la justicia federal, todos los jueces de Justicia Legítima trataban de impulsar esa opción en cada uno de los tribunales donde tuvieran peso.

Cuando finalmente el caso pasó al fuero federal, ese ala judicial kirchnerista lo vivió como una auténtica derrota.

Que se investigue en ese fuero quiere decir que se considera que la muerte del fiscal -cualquiera fuese el modo en que hubiera sucedido- ocurrió por su trabajo y no por un hecho privado ni personal.

¿Quién puede dudar de eso, mil días después?

Lagomarsino recibió asistencia judicial inmediata de Maximiliano Rusconi, quien luego defendió a Lázaro Báez y ahora es abogado de Julio De Vido. Si Lagomarsino fuera tan auténticamente anti K, acaso no tendría tantos vínculos con el kirchnerismo.

Ahora sus abogados pidieron la nulidad de las pericias de Gendarmería que prueban un asesinato. El mismo informe es desacreditado por cualquier miembro de Justicia Legítima y por el kirchnerismo casi en pleno. Como si todo el kirchnerismo estuviese imputado y no únicamente Lagomarsino.

¿Cuál es el problema para ellos si a Nisman lo mataron? ¿Por qué negarlo sistemáticamente en lugar de dejar que la justicia avance en la dirección que le parece más sólida?

Hay un dato casi secreto en el expediente: Rusconi, el abogado de Lagomarsino que ahora representa a Julio De Vido, llamó personalmente a la jueza Sandra Arroyo Salgado poco después de la muerte de Nisman para ofrecerle trabajar gratis en el equipo de la querella.

Como le dijeron que no, apareció una semana más tarde defendiendo a Lagomarsino. En la querella ven en esos repentinos cambios de rumbo una maniobra para estar sí o sí adentro del expediente, no importa en qué bando.

Si la Justicia comienza a investigar la muerte de Nisman como un asesinato, tendrá que ir inexorablemente por las preguntas mayores. ¿Quién lo mató? ¿Por qué? ¿Por orden de quiénes?

¿Alguien sin vinculación con los asesinos ni sus motivaciones podría oponerse a esto?

No es una locura pensar que alguien pudiera asesinar a Nisman para beneficiar o incluso para perjudicar al gobierno de Cristina. No lo es en absoluto, en el país donde el juez federal que era un ejemplo de la lucha contra la droga arreglaba plazos de encarcelamiento y libertades ilegales directamente con los narcotraficantes.

Ni en el país donde aparecen asesinos a sueldo por cuestiones infinitamente menores que denunciar a un gobierno por encubrir a los acusados del atentado emblema de la historia argentina. ¿O no es éste el país donde mandaron a matar a un fotógrafo sólo porque fotografió a un hombre prohibido del poder?

Iara Nisman cumplió este mes 18 años. Ella y su hermana necesitan respuestas adultas de la justicia. Sentir, como todos, que viven en un país que aprende a responder sus preguntas cruciales. No necesitamos a Nisman en el bronce. Sólo fuera de la impunidad.

Por Héctor Gambini
Fuente: Clarín
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