La negación del Holocausto como una forma moderna de antisemitismo


Por Julián Schvindlerman

Informe sobre antisemitismo en la Argentina 2016 (DAIA) 

Vivimos en una era en la cual la verdad está a la defensiva –Deborah Lipstadt

La negación: un desafió a la verdad histórica

La negación del Holocausto y sus derivados -minimización, relativización y banalización- es una forma moderna de antisemitismo. Consiste en tomar el más dramático episodio de la historia reciente de los judíos para usarlo en su contra. Los negadores atribuyen a los judíos un doble interés, político y económico, en propagar el “mito” de la Shoá: crear un sentimiento de culpa en la posguerra entre las naciones del mundo para facilitar la creación del Estado de Israel y extorsionar a los gentiles materialmente a perpetuidad. Ambos elementos tipifican trazos del antisemitismo clásico: la noción del poder judío en la política global y la inclinación judía por el dinero. El acto de la negación es irracional por antonomasia a la luz de la abrumadora evidencia histórica objetiva que respalda la existencia del exterminio de seis millones de judíos durante los seis años que duró la Segunda Guerra Mundial. Cancela el pasado y compromete al futuro. No en vano, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó una resolución, en 2007, que condena la negación del Holocausto como un acto “equivalente a aprobar el genocidio en todas sus formas”.

La negación adquiere distintas formas. Desde la negación directa (el Holocausto no existió) hasta la minimización/relativización (el Holocausto existió pero no fueron asesinados seis millones de judíos o Auschwitz existió pero no hubo cámaras de gas allí) y la banalización (lo que los israelíes hacen hoy a los palestinos es un genocidio tipo nazi). Este último punto suele estar hermanado, paradójicamente, al primero. A la par que se niega la existencia de la Shoá, se acusa a los israelíes de ser los nuevos nazis. La contradicción, nutrida por la irracionalidad, es una característica distintiva del antisemitismo tradicional que ha acusado a los judíos en simultáneo de ser capitalistas y comunistas, controladores y parásitos, cosmopolitas y chauvinistas. El Holocausto posiblemente sea el genocidio más estudiado y documento de la modernidad, ergo negarlo requiere adherir a prejuicios infundados. En un ensayo de 1977 titulado “Qué les sucedió a los seis millones”, el sobreviviente y futuro Premio Nobel de la Paz Elie Wiesel, escribía: “Si estamos dispuestos a creer a ciertos pseudo-historiadores moralmente trastornados y espiritualmente perversos, el Holocausto no ocurrió. Los asesinos no asesinaron, las víctimas no murieron. ¿Auschwitz? Un fraude. ¿Treblinka? Una mentira. ¿Bergen-Belsen? Un nombre… Pero entonces, uno puede preguntarse, ¿dónde ha desaparecido todo un pueblo? ¿Dónde están los tres millones de judíos polacos? ¿Dónde están los judíos de mi pueblo y de todos los otros pueblos de Hungría, Estonia, Lituania, Grecia, Holanda y Ucrania? ¿Dónde se están escondiendo? Si no hubo catástrofe, ¿dónde han desaparecido?”.

En esta misma línea, la profesora de Historia Moderna Judía y Estudios del Holocausto en la Universidad Emory, Deborah Lipstadt, señaló que para que los negadores tengan razón, los sobrevivientes, los espectadores y, por sobre todo, los perpetradores deben estar equivocados. No obstante, existen grandes cantidades de testimonios, películas filmadas por los propios nazis sobre sus acciones, documentos oficiales del Tercer Reich y, de manera especialmente crucial, las declaraciones de los criminales de guerra nazis juzgados en Núremberg, quienes ofrecieron excusas y justificativos para sus actos, más no los negaron. Historiadores han notado que jamás un criminal de guerra nazi juzgado negó la ocurrencia del exterminio judío durante los años de la guerra. En los Juicios de Núremberg los fiscales presentaron tres mil toneladas de reportes entre los que se contaban los protocolos de la Conferencia de Wannsee, donde se decidió la puesta en marcha del genocidio de los judíos europeos. Hermann Göring, el máximo funcionario del Estado nazi que fue juzgado en Núremberg, testificó abiertamente sobre la persecución de los judíos alemanes desde el ascenso del partido nazi al poder en 1933 hasta el estallido de la guerra en 1939; Otto Ohlendorf testificó que su unidad, Einsatzgruppe D, mató a 90.000 judíos en el sur de Ucrania en 1941; y el comandante de Auschwitz, Rudolf Hoess, testificó sin vueltas acerca del gaseamiento de más de un millón de judíos en Auschwitz-Birkenau durante la guerra. Estas citas son apenas un fragmento minúsculo de la voluminosa evidencia presentada, y testimoniada, en Núremberg.

Génesis de la negación de la Shoá

Los orígenes de la negación del Holocausto pueden hallarse en las prácticas del nazismo mismo durante la guerra. “El Holocausto fue un secreto de estado en la Alemania Nazi” informa el Museo del Holocausto de Estados Unidos, “los alemanes escribieron lo menos posible”. Las órdenes genocidas de Hitler descendieron en la estructura sólo hasta aquellos que debían conocerlas. El führer ordenó que no se hablara explícitamente en los documentos o en público sobre las matanzas. Palabras clave y  eufemismos fueron empleados. Así, Aktion (acción) refería a operaciones violentas contra civiles; Umsiedlung nach dem Osten (reasentamiento hacia el Este) significaba la deportación forzosa de judíos hacia campos de exterminio en Polonia; Sonderbehandlung (tratamiento especial), implicaba una matanza. Esto en parte respondía al interés nazi en evitar que las víctimas potenciales comprendiesen qué destino les esperaba. La resistencia judía antinazi comenzó verdaderamente sólo cuando los judíos entendieron cuáles eran los planes alemanes. En parte también, al ocultar sus designios genocidas los nazis buscaron evitar la ira, y quizás la reacción, internacional.
Además, los jerarcas destruyeron la documentación existente antes del fin de la guerra. Los documentos relacionados al exterminio de los judíos eran clasificados y llevaban el sello de Heheime Reichssache (Top Secret), lo que requería su destrucción para evitar que cayera en manos de los Aliados. A la vez, los nazis planearon liquidar toda evidencia de sus crímenes. Heinrich Himmler dio instrucciones para que los restos de las víctimas y la evidencia de los campos de la muerte fuesen borrados. Prisioneros fueron forzados a reabrir fosas comunes en la Polonia ocupada y en los territorios soviéticos bajo control alemán para cremar los cadáveres. Esto ocurrió en Babi Yar en el verano boreal de 1943, en Belzec a fines de 1942 y en Sobibor y en Treblinka en el otoño boreal de 1943. El liderazgo nazi también adoptó una política de desinformación para despistar a los Aliados. En un episodio especialmente notorio, en junio de 1944, los alemanes permitieron a una delegación de la Cruz Roja compuesta por un suizo y dos holandeses visitar el gueto de Theresienstdadt en Bohemia (hoy República Checa). Maquillaron previamente las condiciones de existencia: deportaron judíos para reducir la superpoblación, plantaron jardines, pintaron casas, abrieron cafés y teatros e instruyeron a los prisioneros a dar buenas impresiones de la vida en el gueto.

A pesar de los esfuerzos nazis en confundir a víctimas y enemigos, la información fue saliendo a la luz. Aquí jugó contra las víctimas el fundamento de la incredulidad. Pues desafiaba toda lógica y estaba más allá de toda dimensión moral concebible lo que estaba ocurriendo. El Holocausto no tenía precedentes en su escala, planificación, industrialización y ejecución. Lucía irracional que una nación culta y desarrollada pusiera sus recursos nacionales al servicio de un exterminio colosal contra millones de civiles inocentes y pacíficos de todas las edades, bebés incluidos. Aún hoy día debemos hacer un esfuerzo psicológico para aprehender la magnitud de lo acontecido. Pero la evidencia es incontestable.

Si bien algunas personas de buena fe podían en el contexto del caos de una guerra cruzada por propaganda interesada mostrarse escépticas en aquella época, hacerlo en la actualidad es un acto deliberado de negación de la realidad (muchos sobrevivientes están todavía entre nosotros) y de la historia contemporánea sólidamente documentada. Tras los Juicios de Núremberg, tras el juicio a Eichmann en Jerusalem, tras los testimonios de los sobrevivientes, tras los films nazis de la época y las fotografías tomadas por soldados aliados, tras las investigaciones académicas fehacientes… nadie no contaminado por el virus de la judeofobia podría negar los hechos, por más abrumadores que éstos sean. No es casualidad que entre los negadores de la Shoá demos con skinheads violentos, blancos segregacionistas, fundamentalistas islámicos y radicales antisionistas. Los negadores rehúsan llamarse a sí mismos antisemitas, neonazis o negadores, prefiriendo más bien auto-denominarse “revisionistas” con el objeto de ser vistos como académicos imparciales que buscan la verdad al revisar la historia. Eso es una patraña, no es más que antisemitismo disfrazado de un falso academicismo. Su aspiración “académica” es exonerar a los pasados enemigos de los judíos de sus crímenes abominables a la par que privar a los judíos de entonces de su estatus de víctimas. 

Una advertencia final

La negación y distorsión de los indescriptibles acontecimientos antijudíos en Europa entre 1939-1945 está fuertemente motivada por el odio a los judíos. Nos resultaría difícil aceptar como sincero el alegato de un hombre blanco que dijese no tener sentimientos hostiles hacia las personas de color mientras negase, contra toda evidencia, que la esclavitud de los negros haya ocurrido en los Estados Unidos en previos siglos. Aunque varios negadores insisten en que debatir la existencia del Holocausto es un legítimo tema de discusión, en rigor no lo es; puesto que no están en un mismo plano los hechos fácticos, las opiniones y las mentiras. El verdadero tema sobre la mesa es su antisemitismo y militancia en el odio al distinto. Como todo prejuicio racial, religioso o de otro tipo, el antisemitismo en todas sus expresiones debe ser combatido. Como ya ha sido advertido, una sociedad que se muestra tolerante con la negación del Holocausto tarde o temprano terminará siendo tolerante con otras manifestaciones de odio. Luchar contra la negación de la Shoá es luchar contra el antisemitismo. Y luchar contra el antisemitismo es luchar por una sociedad civilizada.

Fuentes consultadas

Museo del Holocausto de Washington - https://www.ushmm.org
Museo del Holocausto de Jerusalem, Yad Vashem - http://www.yadvashem.org
Museo del Holocausto de Buenos Aires - http://www.museodelholocausto.org.ar
Portal Holocaust Denial on Trial – https://www.hdot.org
Conferencia en TEDx por Deborah Lipstadt disponible en YouTube
Elie Wiesel, “¿Qué le sucedió a los seis millones?”, Un Judío Hoy (Penguin Random House, 1978)
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