Un turista extraño en Israel: la travesía de 1963 de Jalal Al-e Ahmad


Por Julián Schvindlerman

Este año, el gobierno iraní instaló un reloj en Teherán que marca la cuenta regresiva hacia la destrucción de Israel en el 2040, según pronosticó el Ayatolá Alí Khameini. El año pasado, el ejército persa hizo prácticas de tiro con misiles contra objetivos marcados con una Estrella de David. El año previo organizó un concurso mundial de caricaturas negadoras del Holocausto. En consecuencia, si este articulista afirmara que el ideólogo más prominente de la revolución Khomeinista visitó Israel, volvió a su país fascinado con el estado judío y volcó sus impresiones en un texto que hizo público, ¿alguien lo creería? Eso ocurrió en los años sesenta, época en la que el ayatolá Ruholá Khomeini estaba denunciando al Sha Reza Pahlevi como un “judío infiel”, preguntando retóricamente “¿es el Sha un israelí?” y afirmando que “Israel no desea que el Corán exista en este país”. Y algo más: el turista en cuestión, Jalal Al-e Ahmad, fue el único escritor contemporáneo al que Khomeini alguna vez alabó. Su influencia en la revolución islámica que derrocó a Pahlevi fue tan poderosa que la República Islámica de Irán ha puesto su rostro en estampillas de la nación y ha bautizado un premio literario en su honor.

Jalal Al-e Ahmad alcanzó fama sideral en su país natal con la publicación en 1962 de su obra cumbre, Gharbzadegi, usualmente traducida como Occidentosis o Westoxification. Básicamente era un tratado contra la influencia occidental en Irán, en el que postulaba que el Occidente era una toxina que estaba contaminando a los iraníes y el Islam era el antídoto esencial. En su búsqueda del “socialismo divino”,  como Bernard Avishai caracterizó en un ensayo en Foreign Affairs, Al-e Ahmad creyó que el islamismo iraní tenía algo que aprender del sionismo.
A diferencia de los árabes a su alrededor, que veían a Israel como una manifestación de la occidentalización del Oriente Medio, Al-e Ahmad consideraba al estado judío como un foco integrador del Este y el Oeste, una suerte de utopía oriental que se extendía desde Tokio hasta Tel-Aviv: “si uno mira con los ojos de un oriental como yo, desprovisto de fanatismo e hipérbole y resentimiento, preocupado por el futuro de un Oriente del cual un fin es Tel-Aviv y el otro Tokio, y sabiendo que este mismo Oriente es el germen de eventos futuros y la esperanza de un mundo cansado del Occidente y la Occidentosis; en los ojos de este oriental, Israel, con todas sus fallas y contradicciones encubiertas dentro suyo, es una base de poder, un primer paso, el heraldo de un futuro no muy lejano”. 

Se refirió a Israel con un término singular de la teología chií, velayet¸ una entidad política custodiada por Dios; comparó a David Ben-Gurión y Moshé Dayan con Enoc y Yoav (“estos  guardianes, cada cual con sus propias profecías o -al menos- visión clara, construyeron un estado-guardián en la tierra de Palestina y llamaron a ella a todos los Hijos de Israel”); y arrojó esta frase poderosa: “La presencia de Israel en el Oriente es un medio para retornar al Islam”. Consideró al país judío como un aliado que, tal como Irán, padecía el acoso de los árabes: “Yo, que he sufrido en manos de estos árabes desarraigados, estoy feliz con la presencia de Israel en el Oriente”.

En una nota publicada en la revista Tablet en la que analiza este texto, Scott Abramson indica que este pensador iraní vio en el kibutz israelí la cristalización de la posibilidad de la modernización sin occidentalización. “Es”, Al-e Ahmad argumentó, “la piedra basal de la Casa de Israel”. El modelo de granja colectiva sionista llamó su atención especialmente tras su alejamiento del partido comunista iraní en los años cuarenta. Escéptico del estalinismo, vio en el kibutz una alternativa a la opresión colectivista soviética. Anotó en el libro de visitantes del kibutz Ayelet Hashahar por el que pasó: “Según lo veo, el kibutz es la respuesta al problema de todos los países, incluyendo al nuestro”. Tal como nos informa el académico y traductor al inglés de Al-e Ahmad, Samuel Thrope, este intelectual iraní mostró interés por Israel y por los judíos tempranamente, dedicando tiempo a la lectura de la Biblia hebrea y el Nuevo Testamento, y redactando dos cuentos basándose en esas lecturas: “El tercer libro de los reyes” y “La epístola de Pablo el apóstol a los escritores”. También leyó las transcripciones de los juicios de Núremberg mucho antes de su futuro viaje a Israel. Cuando lo hizo, recorrió el Museo del Holocausto de Israel, Yad Vashem, y se apenó por “los 6 millones de judíos que fueron masacrados en los crematorios de una Europa leprosa de fascismo”.

A pesar de la perspicacia sociológica y la apertura mental que el autor puso en evidencia, sucumbió también a las nociones de la época (aún perviven) a propósito de la presunta culpabilidad occidental en el nacimiento pecaminoso de Israel. Sión fue el resultado de la Shoá, una “indemnidad toscamente realizada por los pecados de los fascistas” dirá. Europa exterminó a los judíos, reconocerá, pero “yo, un oriental, estoy pagando el precio”. Israel es descripta como “un milagro” aunque es a la vez “el puente seguro del capitalismo occidental” hacia la región. Postulará además que “Israel es la cortina que el cristianismo dibujó entre sí mismo y el mundo del islam para evitar que yo vea el peligro real”. Y más allá de su tipificación de Israel como velayet, ponderará la existencia de Israel así: “un pueblo, una tribu, una comunidad religiosa, o los restos sobrevivientes de las doce tribus -cualquier designación que usted prefiera- a través de la historia, tradiciones y mitos padecidos por el despojo y el exilio, y alimentados muchos sueños en sus corazones hasta que finalmente se asentaron, en cierto modo, en respuesta a tales esperanzas y en una tierra ni especialmente prometedora ni ´prometida´”. 

El viaje de Jalal Al-e Ahmad a la nación hebrea aconteció en febrero de 1963 y duró al menos siete  días. Fue un invitado oficial del Estado de Israel. Recorrió Jerusalem, Tel-Aviv, Haifa, Akko y Nazareth, acompañado por su esposa, la literata Simin Daneshvar, autora de la primera novela escrita por una mujer en la Persia moderna y docente en la Universidad de Teherán, quien disertó en la Universidad Hebrea de Jerusalem y a quien le ofrecieron un encuentro con Golda Meir, pero declinó. Visitaron Yad Vashem, un kibutz en la Galilea, asistieron a la ópera de Tel-Aviv, se reunieron con escritores y poetas y participaron de una excavación arqueológica. Al año siguiente de su regreso a Irán, Al-e Ahmad publicó un artículo sobre esta visita, titulado “Viaje a la Tierra de Israel”. Al poco tiempo recibió un llamado de un seminarista indignado, un joven de veinticinco años llamado Alí Khameini, quién un cuarto de siglo más tarde sería consagrado como Líder Supremo de Irán. Al recordar esa conversación años después, Khameini dirá que ese artículo le causó “descontento y objeción” y que le “golpeó como una ola”. Thrope señala que al futuro Gran Ayatolá sin duda no le agradó la ponderación positiva que Al-e Ahmad hizo de Israel, pero más disgusto le habrá causado el modo en que el pensador iraní elogió al estado judío. El autor exhibía una prosa rica en jerga islámica, fuertemente arraigada en las fuentes clásicas del chiísmo, y exaltaba a Israel de manera cuasi-religiosa.

Cinco años después de haber publicado su racconto acerca de la travesía en Israel, Al-e Ahmad fallecía, a los 46 años. A quince años de su muerte y a veinte de la aparición de aquél artículo, su hermano Shams publicó en formato de libro las impresiones que Jalal continuó escribiendo en los años siguientes sobre ese viaje trascendental, con un título que reflejaba el nuevo momento -entrado ya un lustro de revolución Khomeinista- en la relación entre esas naciones: “Viaje a la Tierra del Ángel de la Muerte”. Aunque Al-e Ahmad nunca se refirió a Israel de esa manera, sus reflexiones sí contenían cuestionamientos duros, como los arriba citados. Especialmente a partir de 1967, tras la Guerra de los Seis Días, parece haber cambiado radicalmente su manera de ver a Israel y a los judíos. En el quinto capítulo del libro, el autor hace un giro en U absoluto y escribe frases tomadas del manual del antisemita clásico: “La prensa francesa está en manos de los judíos”; “Los judíos administran todos los transmisores de televisión en Nueva York”; “El pueblo judío es frugal, por supuesto”; “Es el sionismo lo que es peligroso, puesto que es la otra cara de la moneda del nazismo y el fascismo”; etcétera. Pide también que palestinos e israelíes sigan los dictados del pensador judío alemán Martin Buber y conformen un estado binacional, aunque desaprueba los llamados de los árabes a echar a los judíos al mar.

Entre los expertos abundan las dudas acerca de la verdadera autoría de este quinto capítulo atribuido a Al-e Ahmad. Es tan fuerte el contraste en tono, contenido y estilo con el resto de los cuatro capítulos previos (dos de los cuales abarcan su artículo publicado) que varios han planteado la conjetura de que Shams falsificó el texto original. Después de todo, él mintió al decir que su hermano había sido asesinado por agentes del Sha y fue designado por Khomeini para dirigir el Comité de la Revolución Cultural. Es perfectamente posible que haya fraguado los escritos de su hermano para redimir el honor de éste ante sus pares islamistas y amoldar su visión a la ideología del régimen ayatolá. No obstante, otros argumentan que ese capítulo final bien podría haber nacido de la pluma de un escritor afectado por los hechos de 1967 y que a lo largo de su corta vida transitó caminos ideológicos muy dispares. Educado religiosamente, rompió con su familia al abrazar al marxismo, luego dejó el partido comunista para convertirse al existencialismo, fue un admirador del sionismo y terminó su viaje en el Islamismo. Tuvo un historial de entusiasmos que terminaron en desencantos. En Occidentosis, Al-e Ahmad condena a los iraníes occidentalizados, no obstante - como señala Thrope- él mismo era uno de esos sujetos despreciados: un librepensador progresista; un musulmán no-practicante de la religión; un intelectual franco-parlante, traductor de Sartre y Camus; un trotamundos que visitó Europa, Rusia, Arabia Saudita, Israel y Estados Unidos (¡incluso participó de un seminario en Harvard dictado por Henry kissinger!). La contradicción no era para él un atributo de ajenidad.

Cualquiera sea la verdad en lo relativo a este capítulo quinto, no parece haber dudas acerca de la originalidad de los previos. El hecho de que “el gurú de los ayatolás” -como lo ha llamado Avishai-, el persa icónico Jalal Al-e Ahmad, haya apreciado a Israel y haya considerado al estado-nación de los judíos un modelo para el islam y para Irán, nada menos, califica como uno de los acontecimientos más peculiares de la historia de las ideas del Medio Oriente moderno.     

Fuente: La Ilustración Liberal (España) – Primavera-verano 2017
https://www.clublibertaddigital.com/ilustracion-liberal/71-72/un-turista-extrano-en-israel-jalal-al-e-ahmad-julian-schvindlerman.html
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