“La ludopatía: adicción al juego por dinero”


 “El que tiene mucho, quiere más”.    Dicho sefardí

   Cuando era pequeña, vivía justo enfrente de mi casa, una familia con la que nos unía un intenso cariño. Al padre de esa familia con cuatro hijos y una bella esposa, yo lo llamaba tío. Interiormente, yo me sentía parte de esa familia. Judío, originario de Rusia, nunca pudo hablar correctamente el castellano. Pese a ello, se hacía entender muy bien, con esa mezcla de idish y español que llevaba alegría adonde fuera. Había ganado, creo, dos veces la lotería aunque, también, solía ganar en el juego de cartas con la consecuencia de que perdía, lo ganado, con una rapidez increíble.  Pese a tener conocimiento de la situación, me alegraba tanto verlo, hablar con él, que nunca tuve en cuenta la dimensión de su pasión por jugar.   
  Lo visité cuando cumplió sus siempre jóvenes 101 años. No se acordaba de mí. Me senté a su lado, intentando que se diera cuenta de quién era yo, pero no hubo caso. Sin embargo, cuando vino a buscarme el familiar que me había acercado a su casa , algo cambió. Al decir el nombre del padre de esta persona, la cara se llenó con una hermosa sonrisa, como la del adolescente que reconoce, en lo que se le dijo, al compañero de tantos juegos, de tantos momentos de placer.
Y de eso se trata en la ludopatía: del placer de jugar a los juegos de azar.           
Busqué, como suelo hacerlo, en el Diccionario Etimológico de Joan Corominas y leí que la palabra azar, antiguamente, quería decir: cara desfavorable del dado. También que, en 1495, empezó a significar ”lance desfavorable en el juego de dados”. Como se habrán dado cuenta, lo desfavorable se encuentra en la misma etimología del término.
La pasión por los juegos de azar
  Jugar es una actividad de gran importancia en el desarrollo infantil, tanto que cuando se encuentra inhibida señala algún escollo en el crecimiento. Por ese motivo, se dice que todo niño que no juega es un niño triste. El ser humano, que nunca abandona del todo aquellos lugares donde posó su libido, prolonga la actividad lúdica infantil en la fantasía.
Cuando hablamos de juegos de azar, sabemos que se trata de prolongar la fantasía infantil de poder ir más allá de los límites que la vida social impone, de jugarse incluso la vida, en pos del desafío de ganarle al azar. Sin embargo, no estamos hablando de un niño sino de un adulto que goza al poner en juego el dinero, no sólo el suyo sino el de aquél que, en un acto irresponsable, puso a su alcance. 
Todos sabemos que si se juega al o con el azar, no hay forma de controlar los resultados del juego. Es por eso que las habilidades de la persona para adivinar cuándo la ruleta o el dado se detendrán en tal o cual número, son poco creíbles. Lo mismo podemos decir respecto de todos los adictos al juego por dinero, se trate de las cartas, la lotería, el Bingo, el Loto, la Quiniela y, en estos tiempos, las máquinas tragamonedas. Acabo de escuchar un comentario sobre una persona que estuvo, literalmente 24 horas, sin poder ponerle un freno a su accionar. El peligro es que, en la mayoría de los casos, el jugador arrastra tras de sí, a la pareja, a los hijos, a toda la familia.
Hay que considerar que el ludópata suele excusarse alegando que jugar les libera de tensiones, lo distrae del malestar cotidiano además de permitirle albergar la esperanza de un futuro libre de problemas económicos, planteo que casi nunca coincide con la realidad de los hechos.
En verdad, la ludopatía, da cuenta de que trata de una adicción que, como cualquier otra adicción, difícilmente puede ser controlada. Lamentablemente, los que padecen de ludopatía y, muchas veces, sus familiares y entorno social, no lo ven así. Se niegan a aceptar que exista un problema compulsivo tan grave que resulta muy difícil tenerlo bajo control. La cuestión se torna más seria aún, si nos damos cuenta de que el ludópata no juega para ganar sino para perder. Es más, el juego no termina nunca para él, o ella, incluso cuando ha perdido.
La ludopatía viene a ser un trastorno de la personalidad que se caracteriza por no poder controlar los impulsos, y que se manifiesta en practicar, de manera compulsiva, uno o más juegos de azar.
Afecta, violentamente, la vida diaria de la persona que ha sido capturada por esta adicción, de un modo tal que todo pasa a ser secundario: la propia familia, la alimentación o incluso la vida sexual. Es tan grande el goce que sienten al jugar por azar, que ni una pareja, ni ninguna otra fuerte emoción, podría llegar a sustituirlo. 
La edad no es determinante para un ludópata. Puede ser tanto un joven como una persona mayor afectada por problemas de ansiedad. Además de ser un sujeto caprichoso, con dificultades de adaptación social, como todo jugador compulsivo suele ser un gran simulador. Es más, muchas veces son muy generosos, generosidad que les es útil para hacerse de aliados. Es que el jugador, que suele iniciarse en el juego, muchas veces se encuentra en una situación social favorable; quiero decir: con amigos o con familiares, jugando o apostando de manera puntual al celebrar un evento festivo.
Sin embargo, tan sólo basta con varios meses jugando de forma ocasional, para que un jugador pase a ser habitual.
La importancia de poder decir “no”. 
Cuando se identifica la ludopatía, el poder decir “no” a los requerimientos del ludópata, es fundamental. Por otra parte, el apoyo familiar para poner un límite a tanto exceso, se convierte en uno de los pilares fundamentales para que la persona ludópata pueda reaccionar. También, el que puede proporcionarle algún amigo. Pero, lo más importante es que pueda acceder a un tratamiento psicológico o, más específicamente psicoanalítico al que, generalmente, el ludópata se niega a concurrir. El tratamiento psicoanalítico, apunta a que la recuperación del jugador tenga que ligarse, en transferencia, a la construcción de un límite y de que un Otro, el analista, esté dispuesto a sostenerlo, a conducir la cura como para poder hacerle frente a un goce autoerótico y devastador.
Si bien, el juego en general, es algo normal y hasta deseable, cuando se constituye en adicción, es una enfermedad, una enfermedad muchas veces contagiosa. Así como el alcohólico o el adicto a las drogas, el adicto al juego por plata, intenta arrastrar al otro hacia su enfermedad. 
Muchas personas, independientemente de su condición sexual, han llegado a perderlo todo, familia, amigos, trabajo, relaciones, además del dinero por culpa de la dependencia del juego. “Una amistad rota no se arregla con remedios”, dice un dicho idish. 
                   Locos por los juegos de azar.
Cada vez hay más consultas de mujeres, cautivadas por los juegos de azar. ¿Por qué mujeres? ¿Acaso los hombres no juegan? Sí, pero cada vez aumenta más el número de mujeres adictas al juego, sobre toso a las maquinitas tragamonedas y al bingo. En los hombres se da de otra manera: la adicción más fuerte es a la ruleta o apostar a las carreras de caballos.
Lo llamamos adicción porque la persona adicta no es capaz de controlar el impulso y, aunque no tenga dinero, no puede frenarse. Es más, si no cuenta con el dinero, trata de conseguirlo sea como sea y por el medio que sea.
Es una patología asociada a la depresión y a la falta de proyectos personales que, desde un primer momento, se convierte en un falso sostén: la ilusión de que va a poder controlarlo.
La ludopatía, como intento de frenar la angustia, angustia para la que no tiene palabras, es un verdadero problema, tanto para la persona que lo padece como para su entorno: la familia. También para los amigos, quienes no toleran más los “pedidos de préstamos de dinero”.
Es que, para estos enfermos, se trate de hombres o de mujeres, el juego es una obsesión. Dijo la Licenciada Mirta Duer que “La exclamación ¡No va más!, frase popular y conocida por los que visitan una sala de juego, para el ludópata significa “Más”, un Más que nunca es suficiente.  Allí es donde se revela, de un modo dramático, que hay un "Siempre ir por más y no parar hasta perderlo todo".
Tengo que subrayar que el adicto al juego, siempre minimiza su problema, este ir por más, manifestando (como lo hacen otros adictos, por ejemplo al alcohol) "esto lo dejo cuando yo quiera". Sin embargo, no hay que dar crédito a esta afirmación porque, además de ser una mentira, por tratarse de una adicción, el sujeto queda entrampado en la misma.

Quiero concluir con esta breve y significativa frase del Eclesiastés:
“El que ama el dinero, no se satisface con el dinero”.


Susana Grimberg. Psicoanalista, escritora y columnista.

Fuente: Radio Sentidos
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