Feliz cumpleaños póstumo, Sr. Churchill. Por Julián Schvindlerman


Ayer hemos conmemorado los 70 años de la Partición de Palestina, contenida en la resolución 181 de la Asamblea General, de 1947. Hoy, 30 de noviembre, bien haríamos en recordar el nacimiento de uno de los hombres más extraordinarios y uno de los líderes más influyentes del siglo XX: Winston Leonard Spencer Churchill. Recordarlo un día después de un aniversario de la votación de las Naciones Unidas que creó una de las bases legales para el establecimiento del estado de Israel es especialmente adecuado. Después de todo, Winston Churchill (Oxfordshire, 1874 - Londres, 1965) fue un ferviente defensor de la causa sionista y un buen amigo de los judíos.

Sus naturales simpatías pro-judías pueden verse tempranamente, en una carta enviada a su madre desde Paris en 1898. Francia estaba entonces conmocionada por el caso Dreyfus. “¡Bravo Zola!”, escribió el joven Winston, “estoy deleitado de presenciar la completa debacle de esta conspiración monstruosa”. En 1905, tras un segundo pogromo en la ciudad rusa de Kishinev que dejó 19 judíos muertos, Churchill habló ante una multitud en Manchester y condenó “las masacres apabullantes y atrocidades detestables recientemente cometidas en el Imperio de Rusia”. En 1920 en un artículo publicado en el Illustrated Sunday Herald opinó sobre los judíos que “ningún hombre pensante puede dudar del hecho de que ellos son más allá de todo interrogante la raza más formidable y más destacada que alguna vez haya aparecido en el mundo”. Como buen anticomunista, arengó contra lo que llamó “el babuino inmundo del bolchevismo”, pero a diferencia de otros compatriotas que asociaron a los judíos con los bolcheviques y les negaron apoyo a su causa nacional, Churchill vio que el sionismo ofrecía a los judíos una alternativa al comunismo. Reconociendo la desproporción de judíos en el movimiento bolchevique relativo al tamaño de la judería rusa, no obstante postuló que “En violento contraste con el comunismo internacional, presenta al judío una idea nacional de un carácter dominante”.

En un mensaje enviado en 1908 a la Federación Sionista Británica, Churchill anotó: “Tengo plena simpatía con las aspiraciones tradicionales históricas de los judíos. La restauración a ellos de un centro de verdadera integridad política y racial sería un acontecimiento tremendo en la historia del mundo”. En 1921, durante una visita a Palestina, Churchill dijo justo antes de plantar un árbol en el sitio donde cuatro años más tarde sería edificada la Universidad Hebrea de Jerusalem: “Personalmente, mi corazón está lleno de simpatía por el sionismo... Creo que el establecimiento de un Hogar Nacional Judío en Palestina será una bendición para todo el mundo, una bendición para la raza judía esparcida por todo el mundo, y una bendición para Gran Bretaña”. A una delegación de sionistas que lo visitó en Jerusalem le aseguró: “Yo estoy perfectamente convencido que la causa del sionismo acarrea mucho de lo que es bueno para el mundo, y no sólo para el pueblo judío, sino que también traerá prosperidad y satisfacción y desarrollo a la población árabe en este país”.

Pero no solamente ante audiencias hebreas defendería Churchill al sionismo. Durante un debate en el parlamento británico en 1922, declaró “Yo digo, con toda la consistencia y razonable juego limpio, que no se justifica que la Cámara de los Comunes en esta etapa repudie la política general sionista” y celebró los frutos de la labor judía en Palestina marcando el contraste con el desgano de los árabes: “Dejados a sus anchas, los árabes de Palestina ni en mil años hubieran tomado pasos efectivos para la irrigación y electrificación de Palestina. Ellos hubieran estado bastante contentos con deambular -un grupo de personas filosóficas- en las llanuras desperdiciadas y quemadas por el sol…”.

Ya cuando una delegación árabe-palestina había ido a presionarlo previamente para que adoptase una postura anti-sionista, él respondió: “Ustedes me han pedido en primer lugar que repudie la Declaración Balfour y que vete la inmigración de judíos a Palestina. No está en mi poder hacer eso, ni, si estuviera en mi poder, sería tal cosa mi deseo”. Tras un largo alegato a favor de la política pro-sionista del gobierno británico, Churchill amonestó a los delegados árabes-palestinos: “Si en lugar de compartir miserias por medio de peleas ustedes compartieran bendiciones a través de la cooperación, un futuro tranquilo y brillante yace ante su país”.

Además de cuestionar a los árabes, Churchill se mostró crítico del Islam y del fundamentalismo que latía en su seno. En su libro River War de 1899 escribió: “Musulmanes individuales pueden mostrar cualidades espléndidas; pero la influencia de la religión paraliza el desarrollo social de aquellos que la siguen. No existe una fuerza retrograda mayor en el mundo. Lejos de estar moribundo, el Mahometanismo es una fe militante y proselitista”. En 1921 informó a la Cámara de los Comunes a propósito del extremismo emergente en Arabia Saudita, la secta wahabita. Dijo que los wahabis “profesan una vida de austeridad excesiva, y lo que practican ellos mismos rigurosamente lo fuerzan sobre otros. Mantienen como artículo de deber, así como de fe, matar a quien no comparte sus opiniones y esclavizan a sus mujeres y sus hijos”. Concluyó Churchill: “Austero, intolerante, bien armado, y sanguinario, en sus propias regiones los wahabis son un factor distintivo que debe ser tenido en cuenta, y han sido, y todavía son, muy peligrosos a la ciudades santas de Meca y Medina”.

Una década antes de su muerte legó esta frase al pueblo judío. “Deben dejar a los judíos tener Jerusalem”, dijo a un oficial británico en 1955 en el Palacio de Buckingham durante un almuerzo con el Shá de Irán, “fueron ellos quienes la hicieron famosa”.

Churchill fue un político británico por sobre todas las cosas. Por momentos adoptó posiciones contrarias al sionismo, como cuando escindió una porción del territorio prometido a los judíos para su Hogar Nacional al crear Transjordania (el actual Reino de Jordania) o cuando emitió un Libro Blanco que restringía la inmigración judía a Palestina, entre otras medidas. Pero es justo decir que en sus funciones de parlamentario (1904-1908), ministro del gabinete (1921-1922) y primer ministro (1940-1945) mantuvo una consistente posición personal pro-judía y una valiente postura política pro-sionista. Más allá de su papel en los asuntos británicos en Palestina, su mayor contribución al bienestar del pueblo judío fue -sin embargo y sin lugar a dudas- haber sido el líder que enfrentó retóricamente como nadie, y derrotó militarmente (con el apoyo de Estados Unidos y Rusia) a Adolfo Hitler, el máximo enemigo de los judíos en la historia.

Posdata: todas las citas pueden hallarse en Churchill and the Jews: A Lifelong Friendship de Martin Gilbert.

Fuente: Times of Israel
Share on Google Plus

0 comentarios:

Publicar un comentario